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• Astelehena, Apirila 29th, 2013

Hamairugarren atalburuan zenbait proposamenen anakronismoak aipatu dira:

13. Algunas etimologías incurren en serios anacronismos

Según Lakarra la palabra bazter proviene del latín praesepe ‘pesebre’ por intermedio del castellano antiguo presepre, con una evolución presepre > *barzepre > *bazper > bazter (Lakarra 2011:105). Solamente por razones semánticas resulta problemática esta propuesta, ya que bazter tiene el significado principal de ‘esquina’, ‘orilla’, de los que se derivan los secundarios de ‘rincón’, ‘campo’, ‘tierra de labor’. Es verdad que en latín praesepe tenía las acepciones de ‘establo’, ‘habitación’ y que de ahí cabría plantear una evolución hacia ‘lugar’. Esto plantea no obstante muchos problemas, porque los testimonios más antiguos en toponimia parecen apuntar que el sentido de ‘esquina’ es el primitivo.

Uno de los puntos más débiles de la hipótesis de Lakarra es un detalle cronológico. Se nos dice que presepre es un término del castellano antiguo sin darnos fechas exactas ni precisar en qué textos conocidos se utilizaba esa forma. A partir de una información tan exigua podríamos deducir que por «castellano antiguo» se estará refiriendo al hablado en la Edad Media entre los siglos X-XIV. Sin embargo, no hemos podido encontrar ninguna cita de presepre en el Corpus del Nuevo Diccionario Histórico del Español (CNDHE), base de datos de la lengua castellana más completa en este momento, y lo que más se registra es pesebre[1], cuya primera cita se produce en 1200 en La Fazienda de Ultra Mar de Almerich. Paralelamente, si acudimos al DGV observamos que la primera cita de un caso del vasco bazter procede de 1070, en un topónimo Bazterrecoa del archivo del monasterio de Iratxe.

Esto quiere decir que bazter ya estaba totalmente formado para el siglo XI y seguramente llevaba bastante tiempo así. Tenemos por tanto una incongruencia. ¿Cómo es posible que pesebre o su enigmática variante presepre entrase en el euskera y se convirtiera tan rápidamente en bazter sin dejar indicios de pasos intermedios, a través de transformaciones fonéticas harto complejas? La palabra vasca sería además 130 años más antigua en la documentación que su supuesto antecedente castellano. No se explica tampoco que en el riojano Gonzalo de Berceo, influido por el vasco, existiera también pesebre (CNDHE) sin experimentar grandes cambios respecto a su antecedente latino praesepe, y en el euskera se hubiese producido semejante transformación. Estamos ante contradicciones de extrema gravedad.

Pero nos queda la pregunta fundamental a la que el profesor vizcaíno no ha dado todavía respuesta: ¿cómo es posible que tras supuestamente un breve periodo de meteórica transformación, bazter lleve como mínimo un milenio entero sin haber modificado ni un fonema su estructura? ¿A qué se debe que los préstamos llegados del latín o el romance viviesen dramáticas modificaciones para integrarse en el léxico vasco, y que a continuación se quedasen congelados sin alterarse apenas hasta ahora? A nuestro juicio ésta es una de las irregularidades más injustificables de toda la teoría, suficiente para dudar de su coherencia lógica.

Tres cuartos de lo mismo sucede con *abedulki ‘trozo de abedul’ > *abeulki > *abulki > aulki ‘silla’ (Lakarra 2011: 105). En este caso no se aporta dato etnográfico alguno de que las sillas de los vascos primitivos fueran exclusivamente de madera de abedul, ni se ofrecen paralelos semánticos en otras lenguas. Tampoco parece factible una simplificación fonética tan radical sin dejar rastro de pasos intermedios en la documentación. Además el castellano abedul es una palabra tardía, que no aparece hasta mediados del siglo 1745 en el Viaje a Galicia de Fray Martín de Sarmiento (CNDHE), y que desciende del latín betulla. Aunque abedul existiera desde mucho antes, *abedulki sólo se habría podido formar recientemente y con escaso tiempo para evolucionar a aulki. Según el DGV aulki aparece desde los primeros textos vascos tal y como lo conocemos ahora, lo cual va radicalmente en contra de la propuesta de Lakarra.

Otro caso parecido es el de la etimología para aiher ‘propensión’, ‘inclinación’ y ‘odio’, que Lakarra hace venir del francés craindre (Lakarra 2009a: 580), sin aportar referencia alguna a si esta forma estuvo en uso en un momento anterior a la aparición de aiher, datos inexcusables para justificar la etimología. El DGV recoge por el contrario la teoría apuntada por G. Bähr y aceptada finalmente por Mitxelena de que aiher tuvo en principio el valor topográfico de ‘inclinación’, ‘pendiente’, citándose el topónimo aragonés Ayerbe. Esta interpretación es seguida por Morvan, quien señala que el nombre de la villa de Ayherre y otros topónimos parecen demostrar la anterioridad del sentido topográfico frente al pasional de aiher (Morvan 1988: 1199). Dado que tanto Ayerbe como Ayherre surgen en citas medievales, de nuevo nos encontramos ante una seria incongruencia.

¿Cómo es posible que palabras euskéricas estabilizadas desde hace un milenio desciendan de términos romances que como mínimo se empleaban en las mismas fechas, o que incluso pueden ser posteriores? ¿Dónde están los pasos intermedios, y por qué en estos casos se produjo una evolución tan trepidante del romance al euskera, hasta el extremo de que bazter o aulki aparezcan antes que sus supuestos antecedentes románicos? Creemos que éste es uno de los puntos más inverosímiles de la teoría de Lakarra, que no tiene en cuenta principios diacrónicos elementales.

Las incongruencias temporales no se limitan al campo de los supuestos préstamos, sino que se extienden al léxico patrimonial, a veces con resultados —permítasenos la expresión— abracadabrantes. Para esne se ofrece la etimología *behi-seni-edabe (‘bebida o pócima del niño de la vaca’) > *(b)eh(i)-s(e)n(i)-e(d)a(b)e > *e(h)sn-eae > esne (Lakarra 2011: 106). Aparte de que a nivel fonético se propone un proceso de evolución extraordinariamente complicado y por tanto poco probable, a nuestro juicio se está cayendo en el abuso de mezclar palabras de diferentes épocas.

Behi aparece desde los primeros textos y la toponimia medieval en todos los dialectos, seni se observa solamente en la onomástica aquitana hace dos mil años, siendo sehi/sein sus descendientes en euskera moderno, y edabe es una palabra sólo del área occidental, cuya primera cita según el DGV se registra en el diccionario de Landuchius a mediados del siglo XVI. Creemos que en este caso se está intercalando una palabra bimilenaria del léxico aquitano entre dos que pertenecen a fechas más recientes. Es poco probable que las tres formas convivieran en un mismo momento temporal. Si admitiéramos tal extremo, nos encontraríamos ante el insólito hecho de que behi y edabe no habrían experimentado cambio alguno a lo largo de los milenios y seni por el contrario sí. La incongruencia de la propuesta salta a la vista. Además, ¿en qué tiempo y estado de la lengua se sitúa *behi-seni-edabe? ¿En el preprotoeuskera, protoeuskera, euskera arcaico, euskera medieval?


[1] Las búsquedas nos han aportado también presebre en 1276 y 1467, y presepe en 1411.

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• Asteartea, Apirila 16th, 2013

Lehenengo atalburuan Lakarraren  “erro monosilabikoa” aztertu da:

1. La teoría del (pre)protovasco de Lakarra, conocida también como la de la «raíz monosilábica», resulta con los conocimientos actuales demasiado atrevida

Según propone el profesor de la UPV, sus investigaciones permiten conocer el estado de la lengua vasca y su evolución a lo largo del primer milenio a.C. Se postula un modelo de evolución diacrónica preprotovasco (muy anterior al año 500 a.C.) > protovasco (anterior a la romanización) > euskera arcaico (la lengua de la onomástica aquitana). En su favor se han formulado leyes fonéticas, procesos de gramaticalización, esquemas de construcción de palabras, y en general muchos otros aspectos.

Por nuestra parte discrepamos que algo así sea posible con los conocimientos de que dispone la comunidad científica en este momento. Los trabajos realizados hasta ahora no han podido resolver decenas preguntas acerca del euskera arcaico o aquitano, y las líneas de investigación se han limitado al estudio de raíces y sufijos. Los hallazgos de palabras vascas antiguas se reducen a la antroponimia y teonimia, siendo gran parte de sus componentes de interpretación opaca, por lo que no es posible establecer con seguridad una morfología del idioma para la época que discurre entre los siglos I y IV d.C.

El sistema verbal, por ejemplo, permanece en la total oscuridad. Carecemos también de datos esenciales acerca de la evolución del euskera durante la mayor parte de la Edad Media, periodo para el cual sólo contamos con la ayuda de la toponimia y onomástica que, aun teniendo gran utilidad, no aportan todos los datos que serían deseables. A nuestro juicio resulta sorprendente que con tan pobrísima información el profesor Lakarra y sus colaboradores crean conocer con precisión el estado del idioma hace tres milenios. La defensa de una serie de reconstrucciones que no tienen el apoyo de textos reales, sino que se basan en exclusiva en estimaciones teóricas, esgrimidas como si fueran un modelo fiable, no nos parece una forma sensata de proceder.

En tales condiciones, cualquier propuesta de descripción de la lengua para épocas anteriores a la romana, en las que se carece de textos escritos, sólo puede considerarse como una teoría sumamente arriesgada. Desconocemos cuál será la marcha de la filología vasca en el futuro, y se debe tener en cuenta la posibilidad de que descubrimientos arqueológicos no previstos o incluso nuevos métodos de análisis de la lengua, alteren la visión que tenemos en este momento acerca de los orígenes del euskera[1]. La actitud prudente de Larry Trask en su diccionario etimológico de etiquetar la mayoría de las palabras de etimología compleja bajo el rótulo OUO (Of Unknown Origin) ‘de origen desconocido’, es con mucho la posición más razonable a seguir, aunque a algunos les pueda resultar frustrante. La ciencia se basa en pruebas y certezas, no en hipótesis todavía sin probar.


[1] El propio Lakarra se ve obligado a reconocer en una de sus obras que: «Puede suceder, incluso, que haya quien -provisto de una teoría más productiva y explicativa de los datos allegados y de otros- fulmine minuciosamente todo el análisis aquí hilvanado desde la primera a la última línea;» (Lakarra 2008: 330).

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• Igandea, Apirila 28th, 2013

Hamabigarren atalburuan Lakarrak proposatutako hitzen bilakaera ulergaitzak jarri ditu mahai gainean:

12. Algunas evoluciones propuestas son insólitas

Es tónica general que gran parte de las etimologías presenten problemas morfológicos, fonológicos y semánticos muy graves, que las convierten en improbables, por no decir virtualmente imposibles. Tenemos los ejemplos de *goi-bar ‘arriba-debajo’ > *gwibar > *bi-z-bar > bizkar (Lakarra 2011: 105).

La evolución fonética que se postula es muy violenta, aparte de no tener en cuenta que bizkar ya aparece desde antiguo. El DGV menciona su aparición en toponimia medieval: Lopp de Biscarra (1174), Mutilua vizcarra (1283), Asta Bisquarra (1284). Trask anota como opinión comúnmente aceptada que la palabra es la fuente del nombre Bizkaia (Trask 2008: 146). Insólita es también la evolución *goi-hegi > *gwi-egi > *biegi > begi. No se aporta explicación alguna de por qué el primer miembro del compuesto experimenta tan violenta deformación, mientras que el segundo queda prácticamente indemne.

Con todo, las etimologías de bizkar y begi se quedan en nada comparándolas con la de *goi-*dodani ‘poner encima’ > *gwi(d)odani > *bionani > *bonani > *banani > *bâhâhî > mahain (Lakarra 2011: 110). La cantidad de cambios fonéticos, la arbitrariedad de la que hacen gala, y por decirlo con rotundidad, lo retorcido en general de la propuesta, convierten esta etimología en un modelo de excesos etimológicos, si se nos permite la expresión.

Otro tanto podemos decir de cosas como *edun-heben-i > *ewhebeni > *efe.eni > efini, ibeni, imini, ipini (Lakarra 2011: 108), de supuestos compuestos entre préstamos y léxico patrimonial como ceruu-oin > orein (Lakarra 2011: 110), o de evoluciones defendidas para aparentes préstamos puros como timbal > *dilbal > *dibal > *di.al > *digal > gidal ‘pierna’ o herba > erbar > berar > belar/bedar (Lakarra 2009a: 579),  donde se encajan interminables cambios fonéticos trastocando lo que sea necesario con tal de legitimar las propuestas del profesor vizcaíno.

¿Y qué decir de etimologías tan increíbles como Siriu-za > izar (Lakarra 2009b: 44), por cierto sin rastro alguno del obligado asterisco * que indica formulación meramente hipotética, o la de Lat. timor > *tirmor > *dirmor > *dirbor > *birdor > *birdur/*berdur > bildur/beldur (Lakarra 2011: 105), cuya evolución fonética es tan truculenta que carece por completo de trazas de verosimilitud?

Hablando de préstamos y fonemas que gustan de cambiar de aspecto, no podemos pasar la ocasión sin citar el caso de caninu > *aninu > *âhîhû > *a.îhû > *agîhun (ala *ha.î.û?) > *hagiun > hagin (Lakarra, 2011: 107), que acumula tantas mutaciones de sonidos y tan poco probables que sólo por el principio de economía ya resulta sospechoso en cuanto a fiabilidad[1], y eso sin contar algunas conclusiones mucho más inquietantes que podemos obtener si tratamos de encajar su evolución con la seguida por compuestos de esta misma palabra.

Reflexionemos un momento sobre letagin/betagin ‘colmillo’. Siguiendo la opinión común, recogida en Mitxelena, Trask, Morvan y el DGV, Lakarra considera que procede de un compuesto *begi-hagin > betagin ‘muela del ojo’. Por nuestra parte nos parece una etimología lógica que aceptamos. Ahora bien, recordando que según el profesor vizcaíno hagin procede de caninu, primero debemos suponer que hagin es más antiguo que el compuesto letagin al que dio lugar. Esto nos sugiere un panorama en el que en época todavía romana se empezó a producir la transformación de caninu en hagin. Como Lakarra describe hasta cinco estados fonéticos intermedios entre uno y otro, debemos suponer que el proceso llevó un tiempo hasta cumplirse del todo, lo que nos coloca como poco en plena Edad Media.

No se sabe por qué extraños motivos, después de tan dramáticas transformaciones una vez llegados a hagin la palabra quedó completamente paralizada en el léxico vasco sin alterarse hasta la actualidad. A continuación debemos suponer que se juntó con begi, que también tras un breve periodo de cambios radicales, quedó paralizado en la estructura que ha llegado hasta nosotros. Más tarde ambas palabras se fueron fusionando, sufriendo una evolución b- > d- > l- hasta producir letagin, que vuelve a pararse en el tiempo, apareciendo en la literatura vasca desde 1627 en Etcheberri de Ziburu, en una variante telagin que presenta metátesis consonántica.

Si ya en aquellos años había sufrido esta alteración sobre letagin, esto quiere decir que la voz se usaba desde mucho antes, como poco en el léxico medieval vasco, así que caninu tuvo que correr mucho para transformarse en hagin, este último debió darse prisa para juntarse con begi haciéndolo mutar a bet- (aunque sin perder nada por el camino), y después la transformación b- > d- > l- tuvo que producirse a ritmo verdaderamente acelerado para llegar casi sin resuello al siglo XVII.

Sinceramente, no nos salen las cuentas temporales, y creemos que nos encontramos ante una incongruencia glotocronológica evidente. Acúsenos si se quiere de ignorancia, de falta de preparación filológica, de errores de cálculo o de lo que corresponda. El esquema que se nos ofrece no nos satisface, ni creemos que pueda satisfacer a muchos otros, entre otras cosas porque violenta el principio de economía, al defenderse un proceso evolutivo lleno de anomalías, con palabras que evolucionan meteóricamente durante una época para a continuación quedarse congeladas en el tiempo, recuperando enigmáticamente su vitalidad al juntarse con otras voces. Mucho tendrá que argumentar Lakarra en el futuro para que semejantes propuestas puedan ser admitidas como algo lógico y normal.

Después de todo lo visto, no nos extraña que el profesor de la UPV llegue al punto de desentenderse por completo no sólo de lo aportado por etimologistas anteriores, sino hasta de la misma lógica del idioma, proponiendo etimologías tan carentes de fundamento como *e-da-don-i > *edodani > *edonani > *eunani > unai(n) (Lakarra 2011: 111), cuando para Mitxelena, Trask y otros autores unai(n) es un bastante probable compuesto de zain ‘guardián’ con el mismo tratamiento fonético de igurai(n) y urdain (Trask 2008: 220, 356).

¿Sería demasiado atrevido sugerir que todas las críticas que Lakarra vierte sobre los comparativistas, acerca de su tendencia a manipular y falsificar la realidad, por deformar las palabras a su conveniencia para demostrar parentescos que no lo son, se podrían aplicar punto por punto a la metodología reconstructiva del propio profesor vizcaíno?


[1] Ya el primer paso, con la desaparición instantánea y sin dejar rastro de la c-, entra en conflicto directo con lo que sabemos de fonética vasca. Las c- suelen dar lugar en préstamos de cierta antigüedad a g- (corpus > gorputz, camara > ganbara), manteniéndose el sonido en los dialectos y rincones más conservadores en este aspecto (korputz, kanbara). En los pocos casos en los que la oclusiva sorda inicial termina desapareciendo (cupella > upel(a), cavea > abia), el proceso se culmina únicamente en puntos concretos del territorio, quedando ejemplos de situaciones intermedias con k-, g- y h- repartidas en la mayor parte de los dialectos. Ilustrativo es el extenso repertorio que nos aporta el DGV para upel(a) (kupel(a)/kupla/gup(h)el/dupel/kubel/kuel), que en el caso de abia es exhuberante: habia (V, Sal, S, R; Mic 8r, SP, Lar, Lecl, Añ, Gèze, Dv (S), H (+ abia (V)), habi (V, G-azp, S, R), kabia (det., Lar, Añ, H), kabi (G, AN; Is 174, Dv (V, G), Lh), afia (V-gip; Lcc), apia (V-och-gip; H (s.v. kafia)), api (G-goi, AN-gip), kafia (AN, L, BN-baig, Ae; Dv (L); det., SP, Lar, Añ (AN), Arch VocGr, H (L)), kafira, kafi (ANmer, B, BN-mix; Lh), aabia (V-gip), aapi (G-goi), aapia (V-gip), aafia (V-gip), abira, aubi (V-arr), gabia (Dv (gabi V, G), H (G)). Ref.: Bon RIEV 1909, 24ss.; VocZeg 287; VocPir 344; A (abi, abia, abira, api, kabi, kafia, aapi, aubi); Lrq; Iz ArOñ (aabixa, aafixa, aápixa), Als (kafiya); Etxba Eib (abixia, kabia); Izeta BHizt2 (kafi); Elexp Berg (afixa, apixa). Esto choca frontalmente con que hagin no tiene grandes variaciones, lo cual apunta a una palabra del léxico patrimonial común. Si viniera de caninu existirían seguramente variantes *kagin / gagin. El resto de evoluciones que propone Lakarra para caninu, donde observamos que a mitad del camino se queda la voz en esqueleto, sólo con vocales y aspiraciones, para a continuación migrar una h a la posición inicial, restituyéndose al final una n que termina tragándose la u, resulta inverosímil. Puestos a especular con los cambios fonéticos, caninu habría dado lugar en euskera a *gahi(ñ)u o algo parecido, no a hagin.

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• Asteartea, Apirila 30th, 2013

Hamabosgarren atalburuan proposamen batzuek euskal kultura, historia eta hizkuntzaren zentzuaren kontra doaz:

15. Algunas propuestas chocan frontalmente con la cultura vasca, la historia y hasta con el genio del idioma

Detengámonos un momento en la etimología de ogi ‘pan’. Según el profesor esta palabra viene de hor ‘perro’ y el sufijo -gi mediante un proceso *hor-gi > *hohgi > *ohgi > ogi (Lakarra 2011: 110). Como apoyo a sus hipótesis cita el refrán de fines del siglo XVI Ogiagaz ura, oragaz eroen elikatura ‘pan y agua, alimento de los locos y el perro’.

El estudioso no parece entender que se trata de una expresión jocosa, en la que en ningún caso se enuncia que el pan a secas sea el alimento por excelencia de los perros, sino por el contrario se enuncia que a los seres trastornados o subordinados por la sociedad se les condena una alimentación deficiente, que no se tienen muchas contemplaciones con ellos. No existe ninguna sociedad donde el pan haya sido considerado alimento por excelencia de los perros, sino que desde siempre se ha tomado como el alimento básico del ser humano.

Es inconcebible que los vascos antiguos definieran al pan como alimento perruno, cuando precisamente existe el dicho popular Ogiaren gastatzea bekatü da (Azkue 1935: 254). Por otra parte, si analizamos en profundidad la etimología de Lakarra a nivel filológico, aún resulta más inaceptable. Según el autor ese -gi procede de un antiguo prefijo gi- que significaba ‘materia, trozo, carne’, que se convirtió en sufijo evolucionando hasta -ki (Lakarra 2011: 77). El caso es que este último cuando se añade a un animal manifiesta un sentido concreto: con eper da lugar a eperki ‘carne de perdiz’, txerriki es ‘carne de cerdo’, oilaki ‘carne de gallina’, y xakurki ‘carne de perro’. Según este modelo, *horgi habría significado para los vascos arcaicos, protovascos o preprotovascos algo así como ‘carne de perro’. A menos que nuestros antepasados adulterasen los panes con restos de animales, ponemos en seria duda que se pudiese inventar semejante expresión para definir al pan.

Hay muchos más aspectos en los que la propuesta se demuestra muy poco creíble. El DGV cita la existencia de citas de (h)or en las que se presenta una -a constitutiva, por lo que parece que la forma primitiva fue (h)ora. Es posible por tanto que la palabra surgiera como deverbativo de oratu ‘morder’[1], como una raíz extraída del verbo, siguiendo un proceso oretu/oratu ‘hacer masa, hacer presa’ (cf. *lohi-tu ‘coger cuerpo’ > lotu ‘atar’, ‘sujetar’, ‘agarrar’) > (g)oratu ‘agarrar’, ‘asir’, ‘morder’ > ora- ‘mordedor’, ‘que muerde’ > (h)ora/(h)or ‘perro’.

Si así fuera, dado que el sufijo -tu, según la opinión más generalizada, procede del supino latino, no podríamos aceptar la existencia de hor(a) para épocas anteriores a la romanización, ni en el preprotoeuskera, el protoeuskera ni aun siquiera en el euskera arcaico. En este sentido ignoramos en qué marco cronológico clasifica Lakarra la formación de *horgi, ya que como de costumbre no indica nada al respecto.

El DGV indica que ogi en los dialectos septentrionales presenta la acepción de ‘trigo’, ‘campo de trigo’. Desde nuestro punto de vista consideramos que habría que investigar primero si no fue éste el significado original de la palabra, ya que la evolución semántica desde ‘trigo’ a ‘pan’ es mucho más razonable que la que se propone desde ‘carne de perro’. El mismo diccionario aporta la palabra ogitza ‘montón de granos de trigo’, según Azkue propia de Baztán y Roncal. En nuestras indagaciones hemos podido encontrar un caserío Ogitza en Elorrio, que existe como poco desde 1515 (Bidart 2006: 95), en el que existía un importante molino. Suponemos que esto sería una prueba contundente de que al principio ogi también significó ‘trigo’ en el extremo occidental, pues el caserío recibiría su nombre de los montones de cereal almacenados para la molienda.

No pretendemos dictar a nadie cuál debe ser la etimología correcta para ogi, ni mucho menos queremos jugar a ser mejores filólogos que los profesores de Gasteiz. Solamente tratamos de resaltar las graves deficiencias de la propuesta de Lakarra (que hace poco caso a infinidad de aspectos cruciales), recordando que existen vías alternativas que merecen ser estudiadas. Si no tomamos en consideración todos los datos que nos pueden ayudar a reconstruir la historia de cada palabra, de nada sirven las buenas intenciones vertidas en la memoria del proyecto Monumenta Linguae Vasconum acerca de la profesionalidad, toma en consideración de todas las variantes dialectales, periodización de la lengua, etc.


[1] Para oratu el profesor vizcaíno propone su derivación desde el castellano coger (Lakarra 2009b: 44), lo cual no pasa de ser otra etimología insólita y poco creíble.

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• Osteguna, Apirila 25th, 2013

Zazpigarren atalburuan bere teoria zuritzeko alderaketa tipologikoa gehiegi erabiltzea kritikatu da:

7. Para justificar la teoría se recurre en exceso al comparativismo tipológico

No suele haber trabajo o publicación de Lakarra que se inicie sin una buena dosis de duras críticas al comparativismo, en un tono que a veces roza lo insidioso por las acusaciones de que sus defensores esconden supuestas intenciones ocultas. Se afirma taxativamente que es una metodología ya agotada, incapaz de aportar nada de valor en el conocimiento del euskera primitivo. Según su criterio solamente la reconstrucción interna tiene futuro, ya que no existe lengua en el mundo que tenga parentesco con el euskera.

Entre los argumentos que se ofrecen, se nos dice que el comparativismo cae en deficiencias científicas, al tomar palabras de decenas de lenguas, en las que por una simple cuestión de probabilidades siempre encontraremos algún paralelismo en unas u otras, sobre todo si manejamos las palabras vascas a nuestro antojo. En palabras textuales:

“Lo aquí reproducido puede servir para ilustrar la osadía, el desconocimiento y la intención tramposa y claramente falsificadora de los autores y, en general, de la corriente a la que pertenecen (…) En resumen (cf. Lakarra 1997b y 2003b), nos hallamos frente a préstamos, onomatopeyas, acepciones equivocadas, segmentaciones morfológicas erróneas, formas dialectales o demasiado recientes, análisis sobre inspecciones oculares de poco-más-o-menos o de sonsonete y otras hierbas, pero sin el más mínimo intento de justificar las correspondencias fonéticas o morfológicas de los supuestos cognados. Pese a lo que pueda considerar alguien con vocación de estar à la page, todo esto no supone precisamente un avance en la metodología de la lingüística comparada, ni ayuda a establecer bases más firmes para el estudio de parentescos de la lengua vasca que, no hace falta decirlo, serían tan remotos que difícilmente podrán ser jamás establecidos; nada nos autoriza a creer en espejismos o autosugestionarnos con chapuzas de aficionados como ha mostrado Trask (1997 y trabajos anteriores) en su crítica a la teoría na-dene-vasca, aun mostrándose este autor bastante indulgente –en nuestra opinión– en el estricto campo amerindio (cf. Trask 1996 y Campbell 1997)” (Lakarra 2006: 244, 245).

Podemos convenir con el profesor vizcaíno que la investigación del euskera primitivo se ha visto lastrada por no pocos excesos metodológicos. A primera vista la propuesta de concentrarse en la reconstrucción interna nos parece muy atractiva y científicamente irreprochable, de tal modo que aplaudimos su interés por mejorar el análisis del euskera primitivo. Lo malo es que en cuanto echamos mano a su obra, nos resulta chocante encontrar en ella el recurso constante a otro tipo de comparativismo, esta vez no en forma de comparación de raíces con vistas a defender el parentesco con algún idioma remoto, sino en forma de comparativismo tipológico, con la intención de justificar sus propias ideas.

Es decir, no se admiten comparaciones que prueben parentesco alguno, pero sí se usa y abusa de cualquier comparación de estructuras de composición, raíz o frase de otras lenguas en las que considere que existe un paralelismo que apoya sus postulados.

Como el profesor de Gasteiz se ve obligado a desarrollar un aparato lógico-argumentativo que dé credibilidad a su modelo de reconstrucción del idioma, su práctica habitual consiste en iniciar sus trabajos con largos discursos teóricos, en los cuales repasa volúmenes muy amplios de literatura filológica, por lo general sin relación alguna con la lengua vasca. Allí donde cree encontrar un autor que defiende modelos de reconstrucción de las lenguas de su especialidad según los parámetros de la «forma canónica» de la raíz, no duda en tomarlo como referencia, como si la visión que el especialista correspondiente defiende para idiomas a veces a miles de kilómetros fuera enteramente aplicable a nuestro caso.

A esto suelen seguir los esfuerzos dedicados a la reconstrucción interna del euskera, en los que por lo general suele fundamentarse primero en una interpretación peculiar de las ideas de Mitxelena, para a continuación desplegar sus conocidas etimologías. A fin de reforzar la bondad de sus interpretaciones, no duda en recurrir a la comparación morfológica y semántica con lenguas de todo el planeta. Cualquier comparación con los idiomas más variados parece legítima (y da la sensación de que cuanto más lejos se encuentren mejor), aunque sean sistemas de comunicación situados en coordenadas geográficas, culturales e históricas a años luz del euskera. No deja de resultar paradójico que Lakarra critique tan duramente los intentos de emparentar el euskera con otras lenguas, para acto seguido lanzarse a una comparación masiva de sus estructuras con idiomas con los que no tiene la más mínima relación.

Actuando así creemos que el profesor de la UPV está practicando con entusiasmo la misma metodología arbitraria e interesada que tanto critica en sus rivales comparativistas. Es fácil deducir que si trabajamos con una base de datos de lenguas de todo el planeta siempre encontraremos alguna coincidencia morfológica o semántica debida a la pura casualidad, con lo que tendremos datos para justificar nuestras propuestas, pero que en ningún caso demostrarían nada serio por proceder de un «rastrillado» masivo entre cientos de idiomas sin relación cultural o genética entre sí.

Similarmente, si tomamos toda la gigantesca literatura filológica de las últimas décadas, seleccionando las escuelas que nos parecen más próximas a nuestras ideas y descartando las opuestas, recortamos las palabras de ciertos especialistas insertándolas descontextualizadas como citas autorizadas, y amalgamando todo ello con un tratamiento fonético y etimológico de las palabras vascas en base a reglas ad hoc, creadas por uno mismo y sin antecedentes hasta ahora, se pueden justificar tranquilamente las ideas que se quieran justificar…

Mal que le pese al profesor Lakarra, aunque es cierto que las lenguas tienden a organizarse según esquemas regulares, ninguna de ellas se atiene a un único esquema fonético. Las formas canónicas, raíces y estructuras puras sólo pertenecen al mundo de la especulación entre especialistas, y raro es encontrarlas en lenguas reales, que evolucionan en cambio constante, fragmentadas en dialectos diversificados, y llenas de excepciones, irregularidades, formaciones expresivas, etc.

El modelo de Lakarra para el preprotoeuskera basado en una única estructura de raíz monosílaba CVC (consonante-vocal-consonante), que encima no puede unirse a otras raíces y prefijos más que siguiendo unas normas extremadamente restrictivas, difícilmente pudo existir en la vida real, ni hace tres mil años ni en épocas anteriores. Menos aún cuando lo que nos ofrece es un panorama de raíces excesivamente regulares (sin asomo alguno de las variaciones dialectales que se esperarían para épocas en las que no existían academias), como si, utilizando la jerga al uso, los preprotovascos de hace tres milenios ya hubiesen sometido su preprotolengua a un proceso de «preprotonormalización».

Asimismo su sistema de deducción y extracción de raíces es altamente discutible, y pese a los esfuerzos que dedica para demostrar la fiabilidad de su propuesta, reivindicando supuestos paralelismos en lenguas indoeuropeas, semíticas, chino-tibetanas, amazónicas o de lugares remotos, no se conocen lenguas reales, documentadas en textos, que se ciñan tan restrictivamente a este esquema. Lo habitual es encontrar pluralidad de combinaciones, incluso en lenguas con una base tan regular como las semíticas (que se organizan en raíces trilíteras)[1], por lo que presumiblemente el preprotoeuskera también tendría diversidad de raíces, no un solo tipo, incluso aun en el caso de que dominase un modelo de sílaba CVC por encima de los demás.

Por todo lo dicho, no podemos admitir que el profesor vizcaíno, en base a sus discutibles esquemas, aparte del léxico vasco con tanta ligereza y vehemencia a palabras como negar, erne, orein, itsu, olde, hezur, ahur, oiher, ister, bazter, beldur, belaun, hagin, bider, o bizar, clasificándolas como supuestos préstamos llegados del latín o del castellano, y menos cuando él mismo reconoce que:

“casi todas esas voces tienen una extensión considerable en la geografía e historia de la lengua y pertenecen a campos semánticos como las partes del cuerpo, adjetivos, etc. que no hacen pensar en principio en préstamos; de hecho no parecen haber suscitado sospechas en ese sentido” (Lakarra 2009a: 586).


[1] No pueden ser más expresivas las palabras del gran lingüista Edward Sapir que Lakarra cita en uno de sus últimos trabajos (el resaltado en negrita es nuestro): «En hebreo, lo mismo que en otros idiomas semíticos, la idea verbal en cuanto tal se expresa mediante tres consonantes características (con menor frecuencia dos, o cuatro). Por ejemplo, el grupo sh-m-r expresa la idea de ‘guardar’, el grupo g-n-b la idea de ‘robar’, el grupo n-t-n la idea de ‘dar’. Naturalmente, estas series de consonantes son abstracciones de las formas que se emplean en la realidad» (citado en Lakarra 2011: 13). Con todo el respeto, pensamos que el profesor de Gasteiz debería tomarse más en serio esta última frase, antes de medir la vasquidad de una palabra en base a su restrictivo modelo CVC.

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• Ostirala, Maiatza 17th, 2013

Bigarren postean, Jaime Martinek bere azterketa egiteko J. Greenberg.-en hitzen ordenaren tipologia erabili duena aipatu du. Horretan oinarrituta, dogon eta euskeraren arteko egitura sintaktikoen antzekotasuna dagoela dio: SOV, GN, NA, ND eta postposizioen erabilera, baita, bestelako zeinu morfosintaktiko berdintsuak.

Mitxelenaren aipu bat jaso du: “Hoy por hoy, a mi entender, los resultados de la reconstrucción interna, por dudosos que sean en muchos aspectos, poseen un grado de probabilidad muy superior al que ofrecen los mejores frutos de la comparación extravasca. Parece, por tanto, que ésta debe tener muy presentes por ahora los resultados de aquélla y no a la inversa. Un día, y es de desear que no esté muy lejano, podrán acaso otras lenguas aclarar lo que dentro del vasco mismo no encuentra explicación”.

Osorik irakurri

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• Asteartea, Apirila 16th, 2013

Bigarren atalburuan teoria guztiek behar duten berrikuspen zientifikoari buruz hitz egin da:

2. La novedad y peculiaridades de la propuesta no han permitido que se realice todavía el correspondiente proceso de revisión crítica

Según los criterios al uso en el mundo científico, cualquier teoría, por sugestiva que sea, debe sufrir un proceso de contrastación con datos llegados de fuentes diversas. Para que un hecho sea aceptado como real, es necesario que pueda reproducirse por parte de investigadores independientes, quienes desde sus posiciones particulares deben llegar a los mismos resultados. En las ciencias empíricas esto se lleva a cabo mediante la realización de experimentos. Si un equipo de investigadores logra reproducir el mismo ensayo que otros situados a distancia realizaron anteriormente, se admite la realidad del fenómeno a demostrar.

En el caso de la investigación filológica, no pudiéndose llevar a cabo experimentos prácticos, la única forma de verificar la bondad de una teoría reside en el diálogo y la crítica por parte de autores que trabajen en diversas líneas de investigación. Si otros analistas llegasen por vías alternativas a las mismas conclusiones que Lakarra, o si hubiese un consenso generalizado entre los investigadores de alto nivel, podríamos empezar a admitir la fiabilidad de su teoría, pero mientras no sea así, su modelo teórico deberá revisarse o someterse a constante debate científico. No hacerlo supone correr el riesgo de dar por válidas teorías alejadas de la realidad.

Si el equipo de Lakarra se escudase en su defensa argumentando que la materia exige conocimientos muy profundos de filología vasca, y que a nivel internacional únicamente él y su equipo disponen de tales conocimientos, esto implicaría automáticamente la imposibilidad de someter su teoría a un proceso de revisión. Por tanto, ya solamente por cuestiones metodológicas, ningún científico serio podría admitirla como válida. Es verdad que la situación del euskera como lengua minorizada ha provocado que el mundo filológico vasco sea pequeño en comparación a los del entorno, y esto supone que el volumen de especialistas suficientemente competentes en la materia sea reducido. Por eso entendemos que el proceso de crítica a la obra del profesor de la UPV puede ser lento, ya que se tiene que hacer por parte de personas capacitadas. No obstante, Lakarra y su equipo no pueden aprovechar esta situación de escasez de especialistas, como si la aparente ausencia de críticas de enjundia fuera un espaldarazo a sus postulados.

Al contrario, están obligados a reconocer que, atendiendo a los parámetros del método científico, mientras sus ideas no puedan ser contrastadas por analistas independientes, las reconstrucciones del protoeuskera y preprotoeuskera deben considerarse hipótesis y conjeturas no probadas. Como se suele decir en el lenguaje del derecho: “Testis unus, testis nullus”. Si no existen varios testigos de un mismo hecho, no tenemos manera de comprobar la fiabilidad de una declaración, por lo que el testimonio de una única fuente, aunque sea prestigiosa, no puede admitirse como indiscutible.

Lo más parecido hasta el momento a una contrastación con otros autores y de comprobación de si se puede llegar a las mismas conclusiones desde trabajos independientes, podría ser el papel que se le concede a la teoría de la raíz monosilábica en los otros dos grandes proyectos de diccionarios etimológicos de los últimos años: el del desaparecido investigador norteamericano Larry Trask, y el del francés Michel Morvan, este último con el asesoramiento del profesor emérito de la universidad de Burdeos y académico de honor de Euskaltzaindia Jean-Baptiste Orpustan.

En el primer caso, nos llama la atención que a pesar de que en el momento del fallecimiento de Trask se encontraba ya muy desarrollada la teoría de la raíz monosilábica, y que incluso ambos investigadores habían colaborado en obras colectivas, el lingüista norteamericano no incorporase en su diccionario etimológico ni una sola de las propuestas de Lakarra. La única aparición del profesor de la UPV se produce al principio, intercalado en una larga lista de personas dedicadas a la investigación de la lengua, sin añadir nada más. Trask prefirió en todo momento mantenerse dentro de la prudencia, manejando como referencia básica la obra de Koldo Mitxelena.

En el segundo caso, Morvan no sólo rechaza frontalmente las etimologías de Lakarra, sino que vierte algunas de las críticas más duras conocidas hasta ahora, utilizándose los crudos calificativos de arriesgadas, extravagantes, absurdas, e incluso el de monstruosas:

“Et si en plus, à partir de cette règle, certes valable, on extrapole de façon hasardeuse et systématique des reconstructions comme celles de J. A. Lakarra du type ihintz “jonchaie” < *inintz < *ninintz avec redoublement ou ohol “planche” < *onol < *nonol, on obtient des formes étranges qui font du proto-basque une langue quelque peu infantile proche de la lallation ou du babillage, surtout si l’on applique le redoublement (qui existe certes comme pour gogor “dur” qui est clairement attesté en même temps que gor “dur, sourd” dans le lexique) à d’autres termes en dehors même de la règle du -n- intervocalique: adar “corne” < *dadar, odol “sang” <*dodol, etc. Prudence! Attention au biais méthodologique. Ces solutions paraissent bien onéreuses. Il ne suffit pas de paraître “scientifique” et offrir des restitutions qui sont attirantes et satisfaisantes pour l’esprit. En refusant que le basque soit apparenté à d’autres langues et en le maintenant uniquement en situation de se regarder le nombril on risque d’arriver à des reconstructions extravagantes. (…) En revanche il est bien hasardeux et imprudent d’affirmer comme le fait J. A. Lakarra que arraultze “oeuf” n’a pas de rapport avec erron “pondre” (au contraire il en a bien un comme le prouve sa variante arrontze!) ou de proposer pour urde “porc” une forme romane turpe/*durpe devenue subitement *burde (sic), pour hagin “dent” un emprunt à une forme latine caninu (sic), pour belar “herbe” le roman hierba (sic), pour aiher “penchant” le gascon cranhe “craindre” (sic), pour aulki “siège” un prototype *abedul-gi (sic), que ezkabia est un composé de hatz et scabia alors qu’il s’agit seulement du latin scabia et je passe sur bien d’autres invraisemblances qui créent des monstres comme ibai “fleuve, rivière” qui viendrait de *hur-ban-i “eau coupée”(sic) alors qu’on a seulement bai dans la toponymie ancienne (Baigorri, Bayonne, etc.), ou arraultza “oeuf” de *e-da-ra-dul-tza (sic), ezker “gauche” de *hertz-gu(n)-ger (sic), etc. L. Michelena qui avait pourtant montré des voies intéressantes pour le proto-basque doit se retourner dans sa tombe au vu de ces reconstructions excessives, voire carrément absurdes. J.A. Lakarra est donc plutôt malvenu de critiquer mes comparaisons du basque avec des langues non-indoeuropéennes, lointaines ou non. En fait l’anti-comparatisme aboutit à chercher à tout prix des reconstructions internes ou des emprunts, fussent-ils absurdes” (Morvan, Diccionario etimológico vasco).

Michel Morvan es un estudioso que ha publicado gran cantidad de artículos en la revista de la Academia Euskera, así como en Fontes Linguae Vasconum, Oihenart, etc. También ha participado en jornadas de onomástica y toponimia organizadas por Euskaltzaindia. Por su especial relación con el tema queremos destacar la minuciosa crítica que realizó al diccionario etimológico de Manuel Agud y Antonio Tovar, publicada en Euskera desde 1992 a 1999. Independientemente de la validez de las propuestas etimológicas de Morvan, que deben someterse también a un proceso de revisión, consideramos muy inquietante que un lingüista tan especializado en la materia se exprese en términos tan contundentes, y para muchos provoca que se alberguen serias dudas acerca del rigor científico de la obra de Lakarra.

Por ello, la teoría de la raíz monosilábica debería someterse como mínimo a algún proceso de supervisión, y más cuando las creaciones del profesor vizcaíno se han venido publicando en revistas en las que, o bien es miembro de su consejo de redacción o de asesoramiento (Fontes Linguae Vasconum, Oihenart, etc), o bien lo son colaboradores íntimos suyos, por no hablar del caso de ASJU, su medio más asiduamente utilizado, del que es director y editor desde hace más de dos décadas, lo cual lo coloca al abrigo de la labor revisora de comités independientes.

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• Asteartea, Otsaila 25th, 2014

Iruña-Veleiako grafitoen aldeko 24 txostenak irakurri ondoren, zaila egiten da pentsatzea Araba, Bizkaia eta Gipuzkoa ez zirela euskaldunak eta Nafarroatik etorritako baskoekin euskaldundu zela. Hala ere teoria horren aldekoek jarraitzen duten idazten:

Fernández Palaciosen artikulua:

Los preliminares de mi presencia hoy en el Coloquio han estado repletos de emociones y contratiempos. Busqué unos grafitos revisando más de 5000 fragmentos cerámicos con resultado negativo. Por otro lado, me propuse realizar algunas reflexiones onomasiológicas sobre el vascuence con el objeto de aclarar parcelas (pre-protovasco, protovasco —y sus etapas—, prevasco, vasco —antiguo—, vasco antiguo peninsular, vasco-aquitano, aquitano, vascón) que en muchos casos son malentendidas por el lector curioso en general e incluso por los investigadores en particular, pero trabajando con el material me di cuenta de que el tema excedía el breve espacio destinado a mi intervención, y finalmente dejé pasar el tiempo y que él mismo me trajera a la cabeza algunas ideas sobre el vascuence antiguo y su extensión que han estado revoloteando por mi cabeza en los últimos cuatro años y que quisiera compartir con los demás en un foro tan importante como éste.

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• Asteartea, Abuztua 27th, 2013

Euskaltzaindiak bost arlotan egindako ikerketak, IKER bilduman jasotakoak, interneten kontsultatu daitezke, honako bost atal hauetan banatuta:

Jagon: Bilduma honetan Euskaltzaindiko Jagon Saileko lan bereziak argitaratzen dira. 2007an bilduma eraberritu egin zen.

Euskararen lekukoak: Bilduma honetan idazle euskaldunen edizio kritikoak biltzen dira. Euskara eta euskal literaturaren historia ikertzen laguntzeko oinarrizko testuen bilketa.

Onomasticon Vasconiae: Bilduma honetan Euskal Herriko Onomastikari buruzko ikerketak argitaratzen dira: jardunaldietako agiriak, herri edota eskualde zehatzei buruzko toponimia ikerketak, antroponimiari buruzkoak, etab.

Mendaur: Euskaltzaindiak bilduma honetan, Nafarroako Gobernuarekin egindako hitzarmenaren ondorioz, hainbat ikerketa lan jasotzen dira.

Euskaltzainak: Bilduma honetan, euskaltzain izan direnen eta direnen obrak eta eurei buruzko azterketak biltzen dira. Bestalde, Euskaltzaindiaren historiarako esanguratsu gertatu diren hainbat egileren lanak ere kaleratzen dira.

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• Astelehena, Maiatza 13th, 2013

Gure txostena blog honetan argitaratu ondoren, 16. puntuan xehetasun bat ahantzi dugu, orain zuzendu nahi duguna.

Epigrafe horretan esaten genuen ez genekiela nondik lortzen zuen Lakarrak ‘hil’ esanahia atseden aditzerako. Alde hau aztertzen jarraitu dugu eta izan ere, esanahi hori Refranes y Sentencias liburu zaharrean, 252. atsotitzean, agertzen da: Atsedenaz atseden dait ‘con morir descansaré’.

Hala eta guztiz ere, Lakarraren interpretazioko akatsak hor dirau. Atseden aditzaren esanahi nagusia ‘deskantsatu’ da eta gainera ikerle gehienek pentsatu dute hitz hau perifrasi zahar batetik zetorrela, lehen osagaia (h)ats zelarik, alegia, arnasa. Bigarren osagaia aditz gaizki ezagun bat da, baina ziurrenez atseden-ek  ‘arnastu, arnasa hartu’ adierazten zuen hasiera batean eta ‘deskantsatu’ esangura deribatua da.

Beraz Refranes y Sentencias liburuan agertzen den ‘hil’ adiera hori eufemismo tipikoa litzateke. Jende asko heriotzearen beldur samar da eta bai erderaz bai euskeraz ez ohi du gaiari buruz zuzenean hitz egiten, atsedenaldia edo behin betiko deskantsua dela esanez.

Beste atsotitz baten kasuan gertatzen zen bezalaxe (ogiagaz ura…), kasu honetan Lakarrak ez du atseden-en ñabardura zehatza ulertu: ‘hil’ ez da lehen esangura ezta garrantzitsuena ere, aditzaren erabilera eufemistiko baten ondorioa baizik. Horregatik uste dugu gure obserbazioak zuzena izaten jarraitzen duela. Bizkaitar irakasleak ez ditu zenbait esangura ongi bereizten eta bere onurarako makurtzen ditu, hitzaren ñabardura guztiak zehatz-mehatz aztertu gabe.

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