Hay una ley de la lingüÃstica que dice que las lenguas divergen y que excluye cualquier posibilidad de evolución convergente. Si las lenguas romances derivaran del latÃn como se nos ha dicho, se separarÃan entre sà pero mantendrÃan una clara relación lingüÃstica con la madre. Sin embargo no es eso lo que encontramos. Las lenguas romances se parecen entre sà llegando a idénticas soluciones convergentes que, en cambio, muestran una rotura con el latÃn. ¿Cómo se explica que una lengua madre no legue a sus hijas ni la morfologÃa, ni la sintaxis, ni las leyes fonéticas, ni la estructura y el orden de los constituyentes de la oración y que además se pierdan las declinaciones, los verbos deponentes, los conectores….?
Esta convergencia de los romances sólo puede comprenderse si el parentesco es anterior a la llamada romanización. SerÃan por lo tanto lenguas derivadas de una lengua madre común de la que el latÃn también bebió, a través del etrusco y de las lenguas sabélicas que ya estaban en el territorio antes de la llegada de los romanos…
Cuando a principios del siglo VII a.C. la influencia de Roma fue más allá de la comarca del Lacio, la penÃnsula itálica estaba ocupada por dos grandes culturas florecientes: la etrusca en el norte y la griega en el sur. Los distintos pueblos se dividÃan en tres grupos: los que hablaban las lenguas latino-faliscas, al norte de la ciudad de Roma y en la región central del Lacio; las lenguas osco-umbras o sabélicas, habladas en la mayor parte de la penÃnsula itálica, y la lengua tirrena más conocida como etrusco, hablado en la Toscana. Además se hablaba el griego. Si situamos en un mapa la extensión de estas lenguas veremos que la expansión del latÃn era mÃnima. ¿De dónde surgió esta lengua tan poco afÃn con las de sus vecinos? Los latinos eran getas, una tribu de los dacios procedentes de la zona del Danubio.
Cuando Roma sometió a todas las poblaciones en sus campañas de conquista, sus contingentes hablaban lenguas sabélicas del tronco osco-umbras. Además, en el caso de las Guerras Púnicas, los ejércitos romanos emplearon a ciudadanos de Hispania, que no pueden considerarse agentes activos de la romanización. Por lo tanto, que el latÃn fuera la lengua oficial del imperio, no significa que todos los romanos hablaran latÃn y mucho menos que nos impusieran su lengua. De hecho, salvo los patricios, los romanos tenÃan que estudiar para hablar correctamente el latÃn.
Cuando analizamos sincrónicamente las lenguas, observamos una continuidad territorial con zonas de tránsito e isoglosas lingüÃsticas que actúan como fronteras. Al estudiar diacrónicamente el cambio lingüÃstico, podemos apreciar que los cambios internos de una lengua son lentos o muy lentos; no se producen en siglos, sino en milenios. Tenemos claros ejemplos con el español y el inglés de América que, después de 500 años, siguen siendo inglés y español. En ningún caso, se han deformado las lenguas ni se han desestructurado sintácticamente; mantienen sus reglas gramaticales a pesar de que puedan sufrir un trasvase importante de léxico.
Durante siglos, el latÃn fue considerado la lengua de la cultura. Sólo se escribÃa en latÃn. Su prestigio fue tan grande que las palabras nuevas se creaban a partir del latÃn o del griego, dejando de lado el método de la composición, tan productivo, con el que nuestras lenguas permiten crear cuantos términos necesitemos. Sin embargo, si realizamos un análisis un poco más profundo, nos damos cuenta de que muchos de los étimos utilizados para demostrar el origen latino de las palabras de las lenguas romances, pueden explicarse mejor desde nuestro conocimiento del ibérico que desde el latÃn. Para empezar, los elementos composicionales que en los romances están desemantizados, adquieren significado si se comparan con los cognados ibéricos. Pero incluso su supuesta evoluciónetimológica se desmorona si tenemos en cuenta las propias caracterÃsticas de la fonética ibérica.
Por poner un ejemplo, la palatalización que se explica como una correlación de cambios sucedidos a lo largo de trescientos años por influencia de la yod (que se presupone una influencia celta) puede explicarse de manera simple a partir del ibérico. Porque precisamente la /i/, la vocal palatal anterior, es la vocal más presente en ibérico. Esto demostrarÃa que más del 50% del cambio lingüÃstico que hasta ahora se ha atribuido a una influencia externa, podrÃa tener su origen en el habla ibérica.
Otro caso interesante es el de la formación de las fricativas. Dado que la fricativa sonora /Z/ no existÃa en latÃn, su aparición se justifica diciendo que se formó a partir de la sorda /S/ en contacto con la glide yod. Bueno, pues está claro que en los textos ibéricos se representan, claramente, dos fricativas sibilantes distintas, consideradas S y Z respectivamente. También existen en ibérico dos róticas distintas, una simple /R/ y una doble /RR/. Sin duda lo más difÃcil de explicar es la aparición de los sonidos africados y lo mismo sucede con el resto del inventario fonético. ¿De dónde salen estas articulaciones, presentes en todas las lenguas romances, pero inexistentes en latÃn?
Si el tema de la fonética muestra un abismo entre el latÃn y sus supuestas hijas, la morfologÃa y la sintaxis tampoco son las mismas que las de la supuesta lengua madre. Desaparecen los casos gramaticales y los nexos que establecen las correlaciones sintácticas; se establece el uso preferente de las construcciones perifrásticas frente a las analÃticas; disminuye la voz pasiva; no hay verbos deponentes; se reducen las formas verbales no personales; no existen las oraciones de ablativo absoluto ni las oraciones de infinitivo; se amplÃa el paradigma de las categorÃas no léxicas: preposiciones, adverbios y conjunciones; y por último pero no menos importante, hay un cambio radical en el orden de los constituyentes de la oración y en la estructura de las oraciones interrogativas y negativas…
En gramática histórica se intenta justificar la enorme distancia que separa el latÃn de las lenguas romances hablando de vulgarización, de un retroceso que llevó a la parataxis, es decir, se volvió al estadio primitivo de usar al lenguaje no verbal, los gestos, para entenderse más allá de una lengua que sólo utilizaba oraciones simples o la composición elemental por coordinación. No hay ni una sola sociedad en todo el planeta tierra que no disponga de una lengua perfectamente estructurada, porque como demuestra la gramática generativa, el lenguaje forma parte intrÃnseca del género humano, no sólo sirve para la comunicación, es la base del pensamiento abstracto, ¡nacemos genéticamente preparados para hablar!
La realidad es que los lingüistas no pueden explicar este cambio estructural entre el latÃn y los romances. Y lo que es más difÃcil todavÃa, en este supuesto estado de confusión, los hablantes de regiones tan alejadas como Galicia y Rumania, que a la caÃda del Imperio no estuvieron jamás en contacto, llegaron a idénticas soluciones. ¿Casualidad? Nuestras lenguas actuales comparten muchas palabras; esta afinidad no responderÃa tanto a la latinización sino a un léxico común que se remontarÃa miles de años. Las diferencias serÃan resultado de la lenta evolución natural a partir de una lengua madre más antigua y compartida por los distintos pueblos mediterráneos.
Ante esta situación, deberÃamos prestar una mayor atención a los más de dos mil textos epigráficos que nos ha legado la cultura ibérica. DeberÃamos preguntarnos cómo es posible que, en pleno siglo XXI, su escritura siga sin descifrar. Por qué sigue explicándose en las escuelas que fueron los conquistadores romanos los que aportaron la cultura y la civilización. Por qué no se da a conocer el alto nivel de la cultura indÃgena que comercializaba desde tiempo antiquÃsimo con otros pueblos mediterráneos: minoicos, micénicos, helenos, fenicios. Y en lingüÃstica, por qué sigue utilizándose un marco teórico complicadÃsimo de evolución fonética que ignora las caracterÃsticas propias del ibérico…
Las múltiples preguntas que plantea este trabajo deberÃan ayudarnos a replantearlos estudios filológicos actuales. La lengua ibérica es nuestra gran esperanza para avanzaren la comprensión de nuestras propias raÃces.