• Jueves, Abril 25th, 2013

En el capítulo séptimo se critica su excesivo uso del comparativismo tipológico a la hora de justificar sus teorías:

7. Para justificar la teoría se recurre en exceso al comparativismo tipológico

No suele haber trabajo o publicación de Lakarra que se inicie sin una buena dosis de duras críticas al comparativismo, en un tono que a veces roza lo insidioso por las acusaciones de que sus defensores esconden supuestas intenciones ocultas. Se afirma taxativamente que es una metodología ya agotada, incapaz de aportar nada de valor en el conocimiento del euskera primitivo. Según su criterio solamente la reconstrucción interna tiene futuro, ya que no existe lengua en el mundo que tenga parentesco con el euskera.

Entre los argumentos que se ofrecen, se nos dice que el comparativismo cae en deficiencias científicas, al tomar palabras de decenas de lenguas, en las que por una simple cuestión de probabilidades siempre encontraremos algún paralelismo en unas u otras, sobre todo si manejamos las palabras vascas a nuestro antojo. En palabras textuales:

“Lo aquí reproducido puede servir para ilustrar la osadía, el desconocimiento y la intención tramposa y claramente falsificadora de los autores y, en general, de la corriente a la que pertenecen (…) En resumen (cf. Lakarra 1997b y 2003b), nos hallamos frente a préstamos, onomatopeyas, acepciones equivocadas, segmentaciones morfológicas erróneas, formas dialectales o demasiado recientes, análisis sobre inspecciones oculares de poco-más-o-menos o de sonsonete y otras hierbas, pero sin el más mínimo intento de justificar las correspondencias fonéticas o morfológicas de los supuestos cognados. Pese a lo que pueda considerar alguien con vocación de estar à la page, todo esto no supone precisamente un avance en la metodología de la lingüística comparada, ni ayuda a establecer bases más firmes para el estudio de parentescos de la lengua vasca que, no hace falta decirlo, serían tan remotos que difícilmente podrán ser jamás establecidos; nada nos autoriza a creer en espejismos o autosugestionarnos con chapuzas de aficionados como ha mostrado Trask (1997 y trabajos anteriores) en su crítica a la teoría na-dene-vasca, aun mostrándose este autor bastante indulgente –en nuestra opinión– en el estricto campo amerindio (cf. Trask 1996 y Campbell 1997)” (Lakarra 2006: 244, 245).

Podemos convenir con el profesor vizcaíno que la investigación del euskera primitivo se ha visto lastrada por no pocos excesos metodológicos. A primera vista la propuesta de concentrarse en la reconstrucción interna nos parece muy atractiva y científicamente irreprochable, de tal modo que aplaudimos su interés por mejorar el análisis del euskera primitivo. Lo malo es que en cuanto echamos mano a su obra, nos resulta chocante encontrar en ella el recurso constante a otro tipo de comparativismo, esta vez no en forma de comparación de raíces con vistas a defender el parentesco con algún idioma remoto, sino en forma de comparativismo tipológico, con la intención de justificar sus propias ideas.

Es decir, no se admiten comparaciones que prueben parentesco alguno, pero sí se usa y abusa de cualquier comparación de estructuras de composición, raíz o frase de otras lenguas en las que considere que existe un paralelismo que apoya sus postulados.

Como el profesor de Gasteiz se ve obligado a desarrollar un aparato lógico-argumentativo que dé credibilidad a su modelo de reconstrucción del idioma, su práctica habitual consiste en iniciar sus trabajos con largos discursos teóricos, en los cuales repasa volúmenes muy amplios de literatura filológica, por lo general sin relación alguna con la lengua vasca. Allí donde cree encontrar un autor que defiende modelos de reconstrucción de las lenguas de su especialidad según los parámetros de la «forma canónica» de la raíz, no duda en tomarlo como referencia, como si la visión que el especialista correspondiente defiende para idiomas a veces a miles de kilómetros fuera enteramente aplicable a nuestro caso.

A esto suelen seguir los esfuerzos dedicados a la reconstrucción interna del euskera, en los que por lo general suele fundamentarse primero en una interpretación peculiar de las ideas de Mitxelena, para a continuación desplegar sus conocidas etimologías. A fin de reforzar la bondad de sus interpretaciones, no duda en recurrir a la comparación morfológica y semántica con lenguas de todo el planeta. Cualquier comparación con los idiomas más variados parece legítima (y da la sensación de que cuanto más lejos se encuentren mejor), aunque sean sistemas de comunicación situados en coordenadas geográficas, culturales e históricas a años luz del euskera. No deja de resultar paradójico que Lakarra critique tan duramente los intentos de emparentar el euskera con otras lenguas, para acto seguido lanzarse a una comparación masiva de sus estructuras con idiomas con los que no tiene la más mínima relación.

Actuando así creemos que el profesor de la UPV está practicando con entusiasmo la misma metodología arbitraria e interesada que tanto critica en sus rivales comparativistas. Es fácil deducir que si trabajamos con una base de datos de lenguas de todo el planeta siempre encontraremos alguna coincidencia morfológica o semántica debida a la pura casualidad, con lo que tendremos datos para justificar nuestras propuestas, pero que en ningún caso demostrarían nada serio por proceder de un «rastrillado» masivo entre cientos de idiomas sin relación cultural o genética entre sí.

Similarmente, si tomamos toda la gigantesca literatura filológica de las últimas décadas, seleccionando las escuelas que nos parecen más próximas a nuestras ideas y descartando las opuestas, recortamos las palabras de ciertos especialistas insertándolas descontextualizadas como citas autorizadas, y amalgamando todo ello con un tratamiento fonético y etimológico de las palabras vascas en base a reglas ad hoc, creadas por uno mismo y sin antecedentes hasta ahora, se pueden justificar tranquilamente las ideas que se quieran justificar…

Mal que le pese al profesor Lakarra, aunque es cierto que las lenguas tienden a organizarse según esquemas regulares, ninguna de ellas se atiene a un único esquema fonético. Las formas canónicas, raíces y estructuras puras sólo pertenecen al mundo de la especulación entre especialistas, y raro es encontrarlas en lenguas reales, que evolucionan en cambio constante, fragmentadas en dialectos diversificados, y llenas de excepciones, irregularidades, formaciones expresivas, etc.

El modelo de Lakarra para el preprotoeuskera basado en una única estructura de raíz monosílaba CVC (consonante-vocal-consonante), que encima no puede unirse a otras raíces y prefijos más que siguiendo unas normas extremadamente restrictivas, difícilmente pudo existir en la vida real, ni hace tres mil años ni en épocas anteriores. Menos aún cuando lo que nos ofrece es un panorama de raíces excesivamente regulares (sin asomo alguno de las variaciones dialectales que se esperarían para épocas en las que no existían academias), como si, utilizando la jerga al uso, los preprotovascos de hace tres milenios ya hubiesen sometido su preprotolengua a un proceso de «preprotonormalización».

Asimismo su sistema de deducción y extracción de raíces es altamente discutible, y pese a los esfuerzos que dedica para demostrar la fiabilidad de su propuesta, reivindicando supuestos paralelismos en lenguas indoeuropeas, semíticas, chino-tibetanas, amazónicas o de lugares remotos, no se conocen lenguas reales, documentadas en textos, que se ciñan tan restrictivamente a este esquema. Lo habitual es encontrar pluralidad de combinaciones, incluso en lenguas con una base tan regular como las semíticas (que se organizan en raíces trilíteras)[1], por lo que presumiblemente el preprotoeuskera también tendría diversidad de raíces, no un solo tipo, incluso aun en el caso de que dominase un modelo de sílaba CVC por encima de los demás.

Por todo lo dicho, no podemos admitir que el profesor vizcaíno, en base a sus discutibles esquemas, aparte del léxico vasco con tanta ligereza y vehemencia a palabras como negar, erne, orein, itsu, olde, hezur, ahur, oiher, ister, bazter, beldur, belaun, hagin, bider, o bizar, clasificándolas como supuestos préstamos llegados del latín o del castellano, y menos cuando él mismo reconoce que:

“casi todas esas voces tienen una extensión considerable en la geografía e historia de la lengua y pertenecen a campos semánticos como las partes del cuerpo, adjetivos, etc. que no hacen pensar en principio en préstamos; de hecho no parecen haber suscitado sospechas en ese sentido” (Lakarra 2009a: 586).


[1] No pueden ser más expresivas las palabras del gran lingüista Edward Sapir que Lakarra cita en uno de sus últimos trabajos (el resaltado en negrita es nuestro): «En hebreo, lo mismo que en otros idiomas semíticos, la idea verbal en cuanto tal se expresa mediante tres consonantes características (con menor frecuencia dos, o cuatro). Por ejemplo, el grupo sh-m-r expresa la idea de ‘guardar’, el grupo g-n-b la idea de ‘robar’, el grupo n-t-n la idea de ‘dar’. Naturalmente, estas series de consonantes son abstracciones de las formas que se emplean en la realidad» (citado en Lakarra 2011: 13). Con todo el respeto, pensamos que el profesor de Gasteiz debería tomarse más en serio esta última frase, antes de medir la vasquidad de una palabra en base a su restrictivo modelo CVC.

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